La historia que voy escribiendo tiene como protagonista a alguien que conozco. No estoy seguro de nada de lo que voy a decir porque toda la historia me llega como en sueños. No me sucede como aquella imagen del viejo evangelista que está siendo guiado por un hermoso ángel. El anciano apoyando su cuerpo entre la silla y el escritorio va escribiendo mientras el delicado ser con forma de niño ova guiando tiernamente su mano. Yo, sin embargo, me encuentro sólo, sin ninguna mano que dirija mis escritos más que la mia. Pero aún así, no soy yo quien puede llamarse autor. Incluso creo que estas mismas palabras salen del corazón de alguien más. Alguien que me es ajeno.
Ella era una persona de esas que prefieren huir de todo. Quizá por ser mujer eran pocos los que se habían dado cuenta de que tan cobarde era, pero lo cierto es que por estar todo el tiempo escondida en sus propias cosas no eran muchos los que se interesaban por llegar a conocerla profundamente. Que buscara estar sola, sin embargo, no significaba que disfrutara de la soledad. Lo que sucedía era que en su aislamiento no había nadie que la obligara a confrontar sus problemas. No es que andar en compañía de la gente signifique que los demás te estén echando en cara tus propíos problemas todo el tiempo. Pero para ella ambas cosas sí estaban relacionadas. De alguna manera siempre lograba sentirse aludida cuando hablaban mal de los demás y excluida cuando se hablaba bien de ellos. De esta forma sentirse incomoda en una conversación casual le resultaba inevitable. Por todo esto, ella, una persona que, como todas las demás, se había visto viviendo una vida que no terminaba de entender, se h...
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