Me gusta ver cómo el viento mese los árboles. Me gusta cómo se mueven las nubes en el cielo. Esa fuerza de la naturaleza me hacen sentir pequeña, perdida en el universo. Puedo sentir entonces que nada de lo que haga dejará ninguna marca, nada de lo que intente ensuciará ni maltratará al mundo. Puedo sentir que soy liviana y que nada es eterno; que todo es ligero. Puedo sentirme como una niña dentro de un castillo inflable siendo capaz de lanzar mil golpes, de saltar y de ser libre sin miedo a que mis actos cambien mi entorno, sin miedo a que todo lo bueno explote y se pierda para siempre.
Ella era una persona de esas que prefieren huir de todo. Quizá por ser mujer eran pocos los que se habían dado cuenta de que tan cobarde era, pero lo cierto es que por estar todo el tiempo escondida en sus propias cosas no eran muchos los que se interesaban por llegar a conocerla profundamente. Que buscara estar sola, sin embargo, no significaba que disfrutara de la soledad. Lo que sucedía era que en su aislamiento no había nadie que la obligara a confrontar sus problemas. No es que andar en compañía de la gente signifique que los demás te estén echando en cara tus propíos problemas todo el tiempo. Pero para ella ambas cosas sí estaban relacionadas. De alguna manera siempre lograba sentirse aludida cuando hablaban mal de los demás y excluida cuando se hablaba bien de ellos. De esta forma sentirse incomoda en una conversación casual le resultaba inevitable. Por todo esto, ella, una persona que, como todas las demás, se había visto viviendo una vida que no terminaba de entender, se h...
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