Mi familia no era lo único raro que tenía. También era raro que Hanada quisiera vestirse de mujer, o que Mizue estuviera en mi habitación a aquellas horas de la noche. Era raro que siempre acabara amaneciendo, y que el sol siempre se escondiera. También era un misterio que, en aquel preciso instante pudiéramos continuar hablando sin desplomarnos de repente. p. 93 Hiromi Kawakami Algo que brilla como el mar
Pequeños escritos personales