Llevaba todo el día acostado en la cama con las cortinas cerradas y con la puerta entreabierta para que sus gritos llegasen hasta la cocina. Cada vez que se antojaba algo de comer gritaba el nombre del plato o de la comida y esperaba a que se lo dejasen en la entrada. Mantenía la radio y la televisión apagados. Nunca leía, no lo había vuelto a hacer de hacía ya un par de años. No leía ni libros, ni revistas, ni periódicos. Se dedicaba únicamente a hablar consigo mismo recordando sucesos que no quería recordar pero que desgraciadamente no podía apagar o dejar a un lado como había hecho con todo lo demás. Le dolía el estomago y la cabeza pero también el costado, la espalda y las piernas. No le dolían a causa de ninguna enfermedad conocida, ni por exceso de esfuerzos anteriores. Le dolían de estar acostado. El mundo y la vida le dejaban un mal sabor de boca. Eran ellos los culpables de sus miedos, de su desesperación. En ocasiones hubiese querido poder arrancarse la piel, desgarrarse la...
Pequeños escritos personales