Italo Calvino fue uno de los primeros amigos que abrió la tumba de Tutankhamon, léase el diario de Pavese, diario peligroso porque podía contagiar de desesperación a quien lo leyera. Las primeras ojeadas de los amigos a aquellas páginas fueron afanosas y cohibidas. Sabían que no iban a encontrar en ellas el porqué del suicidio de Pavese, como buscaban en aquellos días, los columnistas de semanarios y diarios, sabían que el porqué de un gesto nunca se podrá resumir en una fórmula o un episodio, sino que hay que buscarlo en toda la vida, en ese conjunto constantes al que Pavese, que sin embargo no era fatalista, llamaba su propio destino. Pero sentían sus amigos que iban a encontrar allí toda la tensión dolorosa, las vibraciones secretas de su alma, esas que ni siquiera ellos, los amigos habían conseguido advertir siempre; las huellas del mal qe llevaba dentro, bajo la corteza de su estoicismo. p. 180 -181 Enrique Vila-Matas El mal de montano Anagrama, 2002 No creo que haya enferm...
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